Llega un momento en el que dejas de creer tanto.
No hablo de religiones ni otros que se le parezcan. Tampoco involucro a la magia y a los astros.
Estoy hablando de una visión más realista que todo lo inexplicable que pueda ofrecer la vida.
Hoy ha llegado mi momento y dejo de creer.
Dejo de creer que esto tenga solución.
Dejo de creer en la vida perfecta.
Empiezo a conformarme con el tiempo, que falto de horas, es contradictorio.
Empiezo a aceptar los errores y a ver doble sin emborracharme.
Y es que la vida no tiene solución.
Un problema resuelto es la irremediable causa de los mil problemas siguientes.
Lo que para uno es adecuado, el otro encuentra inapropiado.
Cuando se llega a un pacto, los matices rompen con fuerza el inestable pilar formado.
Miramos atrás e intentamos averiguar lo que nos depara. Nos encantan las teorías y por desgracia aprendemos a vacilar con las desgracias.
Y es que la vida no tiene solución.
Ya no encontramos fuerza ni argumentos consolidados.
Nuestra débil opinión se debilita aún más cuando te das cuenta.
Y es que la vida no tiene solución.
Y nuestros problemas, que uno soluciona a tortas y el otro a bofetadas, que uno pacíficamente atiende y otro desentiende, que ya nos abruman... Y los problemas no se van.
Y es que la vida no tiene solución.


